El blog de los Caracoles Errantes

Viajando por largo tiempo llevando todo en nuestra espalda y nuestra casa es nuestra mochila

20 diciembre 2006

Machu Picchu
Perú, 19 de Diciembre, 2006


Cusco

Después de estar viajando casi 8 meses por lugares tan maravillosos de Sur América, para cerrar con broche oro nos fuimos a Cusco, la que fue capital del imperio inca, y a la ciudad sagrada de Machu Picchu.


Plaza de armas de Cusco

Pensábamos que por el hecho de estar viajando tanto tiempo y haber visto ciudades coloniales tan bellas, tal vez ya no sería tan impactante nuestra llegada a Cusco. Sin embargo, tuvimos razones para quedar boquiabiertos una vez más.


Una calle de Cusco

Los españoles encontraron esta ciudad imperial con grandes edificaciones cuyas bases estaban construidas con enormes bloques de piedra. Las técnicas arquitectónicas de los incas eran muy avanzadas, lograban cortar las piedras de tal forma que encajaran unas con otras casi perfectamente, como si fuera un gran rompecabezas de tres dimensiones.


Rezando a la Virgen en la Catedral

Debido a la importancia que tenía esta ciudad para los incas, los conquistadores españoles quisieron construir sobre ella una nueva ciudad tratando de eliminar los rastros del esplendor que la ciudad inca poseía. Literalmente utilizaron las bases de los edificios existentes para construir los suyos. El ejemplo más cruel lo vimos en el convento de Santo Domingo que se levanta sobre los cimientos del Templo del Sol de los incas.


Descendientes de los incas

Los incas fueron tan buenos arquitectos que muchas de las bases que dejaron se conservan en un estado admirable aún hoy, más de 500 años después de su construcción, habiendo soportado terremotos que destruyeron muchas edificaciones levantadas por los españoles.


Cusco de noche

Machu Picchu

Para visitar Machu Picchu desde Cusco existe un tren que hace el recorrido en unas tres horas hasta Aguascalientes, la base del monte donde se encuentra esta ciudad inca. Sin embargo, durante el gobierno de Fujimori esta ruta fue cedida en concesión a una compañía española-chilena que opera y mantiene el monopolio. Además el costo del viaje es elevadísimo, siendo que un extranjero tiene que pagar $70 por el viaje de ida y regreso hasta Aguscalientes.
Puesto que esta es la única ruta directa y el precio es exorbitante, se ha puesto de moda entre los viajeros de bajo presupuesto o mochilero (o caracoles), el hacer el viaje dando un enorme vueltón pero más barato.
Nosotros decidimos hacerlo de esta forma. Tomamos un bus desde Cusco hasta Santa María que duró unas 6 horas. Llegamos por la noche a este pueblito y buscamos un alojamiento muy básico para descansar. A las 4:30 de la madrugada nos levantamos para tomar una buseta que nos llevaría hasta Santa Teresa en una hora y media de viaje. A las 7:00 de la mañana ya estábamos caminando a orilla del río Vilcanota-Urubamba.


Paso sobre el río Vilcanota-Urubamba

Después de una hora y media el camino se acababa y debíamos continuar por la línea del tren. A las orillas del camino encontramos cafetales con árboles altos y matas de banano en el medio. Desde Cusco que está a una altitud de 3300 metros habíamos venido a tierras más bajas con un clima sub-tropical, a una altitud de 1500 metros. El río se abría camino entre unos cerros gigantescos con formas impresionantes e imponentes. Sabíamos que sobre alguno de esos montes se escondía la mítica ciudad inca.


Caminando bajo la lluvia
por la línea del tren

Comenzó a llover suavemente y pensamos que seguramente los turistas que venían en el tren ya habrían salido desde Cusco y vendrían muy cómodos en sus asientos tomando fotos. Nuestra ruta por el camino largo nos pareció encantadora, si bien requeríamos un mayor sacrificio.
Fueron 2 horas y media de camino siguiendo la línea del tren hasta que cansados llegamos a Aguascalientes. Tomamos un café con leche para reponer energías. Después de un descanso y antes de comenzar el ascenso, fuimos a la boletería para comprar nuestras entradas a Machu Picchu. El costo de la entrada para extranjeros era de $40, cifra que nos pareció salida de toda lógica ya que el hecho de que sea un lugar histórico, bello y aún patrimonio de la humanidad, no da derecho a ningún país a lucrar de esa forma. Comparamos los precios que hemos pagado en sitios similares alrededor del mundo y no encontramos nada igual. Con MUCHA FRUSTRACION sacamos el dinero del bolsillo y obtuvimos las entradas.
También existe un bus que por la módica suma de $15 hace el recorrido desde Aguascalientes hasta la cima donde está Machu Picchu. Obviamente no lo íbamos a pagar e hicimos la caminata de poco más de una hora por un sendero precioso que va entre árboles y tiene las vistas de los cerros que se levantan al otro lado del río Vilcanota-Urubamba.
Hacía un buen rato que había dejado de llover, sin embargo, unos minutos antes de llegar a la entrada comenzó a caer otra vez una pequeña llovizna y la niebla comenzó a tapar al imponente monte que se levanta detrás de la ciudad sagrada, el Wayna Picchu. El paisaje era misterioso y aunque hubiéramos deseado un día soleado, la belleza del lugar nos llenaba de gran emoción. Subimos hasta las terrazas más altas desde donde se tenía una vista panorámica de toda la ciudad.


Vista desde la parte alta de la ciudad

Durante un buen rato nos estuvimos moviendo para tener diferentes vistas y evitar un poco las aglomeraciones de gente. Más tarde la lluvia se hizo más pesada, hasta llegar a ser molesta. Ya estábamos empezando a lamentarnos cuando descubrimos un sitio ideal para refugiarnos. Era una antigua construcción a la que en el proceso de restauración le habían puesto un techo de paja como probablemente había tenido en el tiempo de los incas.


Un refugio mientras llovía

Cuando dejó de llover salimos de nuestro refugio y vimos que casi toda la gente se había ido. Las montañas se estaban despejando, de pronto la niebla comenzó a subir desde lo más hondo del cauce del río Vilcanota-Urubamba y otra vez todo se llenó de una suave neblina. Sin embargo, unos minutos más tarde ya la neblina había subido tanto que llegaba hasta las nubes. La ciudad estaba totalmente despejada y el sol de la tarde pudo brillar.


Complejo habitacional

Fue un espectáculo sobrecogedor, un verdadero regalo del cielo. En la ciudad donde se veneró al Inti, al Sol, esa tarde también nosotros tuvimos la magia de sentirlo como rey. La ciudad estaba casi desierta, el sentimiento era de gran regocijo, todo lo que habíamos visto se intensificaba. Sentimos que valió la pena todo el esfuerzo, sentimos que merecíamos ese momento.


Atardecer en Machu Picchu

Esperamos hasta el último momento para bajar. Ya el sol se había ocultado y la luz se nos acababa. Mientras bajábamos nos reíamos, saltábamos, compartíamos todas las sensaciones. Aquí fue el momento de recordar a algunas personas que nos encargaron vehementemente hacer este viaje teniéndoles presentes y así lo hicimos. Habíamos coronado un largo sueño, en la ciudad sagrada de los incas nos dimos cuenta de que nuestro largo viaje también estaba llegando a su fin.

Epílogo

Un largo viaje de 21 horas nos llevó de Cusco a la capital del Perú, Lima. Allí nos dimos el gusto de comernos un riquísimo ceviche y luego pasamos la última noche en la casa de Oli, una amiga de hace muchos años de Nena, la hermana de Ricardo.
Volamos de Lima a Panamá donde hicimos una estación de tres días antes de regresar a Costa Rica. Después de un viaje de 8 meses, el tomar el avión nos hace sentirnos como en la historia de los niños que entraron en el guardarropa y ahora regresan a la realidad. Hemos visto y vivido tantas cosas durante este tiempo que parece que el mundo ha cambiado, sin embargo, al otro lado del guardarropa la vida ha continuado y muchas cosas siguen igual, otras sí habrán cambiado. Ahora nos toca regresar a reconocer este mundo y estas cosas; con mucha ilusión queremos retomar todo aquello que un día dejamos atrás.

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05 septiembre 2006

Lago Titicaca
Peru/Bolivia - 1 de septiembre, 2006

 

 

La despedida de Perú y la bienvenida a Bolivia la hicimos en el lago Titicaca a 3800 metros de altura.  Este hermoso lago que comparten ambos países nos llenaría de hermosas imágenes, así como de la oportunidad de acercarnos a algunas personas de ambas naciones. Sus habitantes comparten raza, idioma y un lago, pero pertenecen a países que actualmente están tomando rumbos distintos en cuanto a su política.
Perú por un lado reeligió como presidente a Alan García quien en su primer mandato y en un intento por controlar la inflación del país nacionalizó la banca, provocando la fuga de los capitales al extranjero y dejando al país con una banca en quiebra.  Cada día de su mandato estuvo acompañado de marchas y protestas relacionadas con sus desastrosas políticas económicas.  A pesar de reconocer la incapacidad de este personaje tan polémico, la gente lo ha elegido como presidente por miedo a un gobierno de izquierda del corte de Cuba.
Por otra parte, Bolivia optó por elegir como presidente con mayoría absoluta a Evo Morales en señal de inconformidad con gobiernos anteriores.  Ahora el presidente de esta nación es un ex-dirigente de sindicatos de plantaciones de coca, de ascendencia indígena y que solamente cuenta con estudios de primaria completa.


Lago Titicaca, al fondo la ciudad de Puno

Del lado peruano conocimos las islas de Taquile y Amantaní, así como las islas flotantes de los indios Uros.  En Bolivia tuvimos la oportunidad de disfrutar de las islas del Sol y la Luna, conocidas por haber sido importantes centros religiosos de las poblaciones pre-hispánicas de la zona.
La forma más fácil de visitar las islas es mediante un viaje organizado por una agencia.  Aunque no es nuestro estilo de ver el mundo tuvimos que tomar la excursión y disponernos a disfrutar de lo que ofrecían.  Del lado peruano todo está muy bien organizado, se pasa un día con una familia quechua en la isla de Amantaní y de camino se visitan las islas flotantes.


Islas flotantes de los Uros

Estas islas son realmente un espectáculo ya que son fabricadas con la totora (caña que crece en el lago).  Con grandes bloque de totora (con todo y sus raíces) se van formando islotes en donde se construyen casas, escuelas, iglesias y hasta un centro de salud.  La totora también forma parte de los productos que consume la población ya que la parte suave y tierna se come como si fuera un palmito.
En embarcaciones también elaboradas con totora llevan la planta para comercializarla en la ciudad de Puno que es donde se abastecen de cereales, ropa y otros artículos de primera necesidad.  Ahora fabrican lindas artesanías que más de un turista compra seducido bajo la imagen tan distinta y bella que este lugar les deja.


Indígena con artesanías de totora

Ya en la isla de Amantaní un grupo de mujeres con sus trajes típicos y su reboso negro esperaban a los turistas que irían a pasar el resto de la tarde y parte de la mañana siguiente en sus casas.  Nuestra anfitriona se llamaba Epifanía.  Nos llevó hasta su casa y con su hermosa sonrisa nos mostró las habitaciones y nos dijo que esperáramos un rato por la comida.  También iban con nosotros una argentina, Carolina, y su novio gringo, Noah, con quienes compartimos esta linda experiencia.
Epifanía preparó una deliciosa sopa de quinua (cereal de cultivo en tierras muy altas) y verduras, además de un segundo plato que tenía queso frito, tubérculos hervidos y arroz blanco.  Aunque la comida era muy humilde se veía que Epifanía la había preparado con amor y por eso nos parecía un banquete digno de un rey.


Agricultor preparando chuño (papa seca)

Al llegar la noche Epifanía sacó unos trajes para vestir a Carolina con las ropas tradicionales de la isla.  A los hombres nos dio ponchos y gorros también tradicionales y nos llevó a una fiesta que el pueblo organizaba para los turistas.  Fue muy bonito compartir sus danzas y su música.  Realmente se veía orgullo de esa gente al mostrarnos sus bailes y costumbres.
En general en la isla se veía una forma digna de vivir, construcciones bonitas, un pueblo limpio y bien organizado que contrasta mucho con la pobreza y basura de otros sitios de Perú.  Se puede ver que el proyecto de turismo rural beneficia al pueblo, aunque los grandes ganadores son los dueños de las agencias de viajes que pagan a  las familias menos de la mitad de lo que costaría hospedarse de forma independiente. 
De regreso a Puno pasamos a la isla de Taquile que es mucho más visitada y por tanto más comercial que Amantaní.  A pesar de eso, ahí disfrutamos de hermosas vistas y de un lindo picnic a orillas del lago. 


Isla de Taquile

Del lado boliviano visitamos la isla del Sol con sus formas caprichosas que van semejando las patas de algún animal gigantesco dormido sobre el lago.  Desde las ruinas incas en el extremo norte de la isla es posible hacer una caminata de 3 horas hasta el otro extremo y se puede disfrutar de las vistas de los hermosos nevados que se elevan de una forma extraña y aparecen detrás del lago que a su vez parece un inmenso mar.


Isla del Sol

La noche anterior a la visita de la isla del Sol nos fuimos al mercado de Copacabana a comprar algunas provisiones para el viaje.  Una señora indígena que vendía frutas nos preguntó si éramos cubanos.  Ella estaba muy angustiada porque su hijito de 19 años se iba a ir con otros 50 compañeros del pueblo a estudiar medicina en Cuba.
Nos dijo que ella tenía miedo que fueran a matar a su hijo en aquel lejano país ya que la gente le había dicho que eso le iba a ocurrir a su hijo.  Nosotros le dijimos que a su hijo no le ocurriría nada malo si iba a estudiar a Cuba y que más bien debería estar muy contenta porque la educación en ese país era de muy buena calidad. 
Luego conocimos al muchacho que nos decía con mucha esperanza  y optimismo que su sueño era prepararse para regresar a ayudar a su gente.  Nos dijo que él era una persona pobre y que si no fuera por la beca que el gobierno le había conseguido a él no le sería posible estudiar.


Hombre tejiendo

Estos días estuvimos rodeados de muchos paisajes hermosos, encontramos toda una forma de vivir en esas alturas en donde la vida es difícil, gente linda y amable buscando formas para tener una vida más justa y digna.


Lago Titicaca con los Andes al fondo

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16 agosto 2006

Arequipa
Peru - 15 de agosto, 2006

Después de 16 horas de viaje nocturno desde Lima llegamos a la ciudad blanca, Arequipa, una ciudad colonial con edificios construidos en sillar (piedra caliza) y rodeada de tres montañas nevadas: el Chachani, el Misti y el Pichu-Pichu.  La ciudad es agradable y tranquila para caminar y disfrutar de la comida y los dulces típicos.


Torre de la catedral de Arequipa con el Misti al fondo

Ya desde el principio teníamos muchas expectativas de la comida arequipeña y el taxista que nos llevó de la terminal de buses hasta el centro nos comentó que la mejor comida la podríamos saborear en las “picanterías” que se encuentran en las afueras de la ciudad.
Nos instalamos en una linda posada, “el Hostal del Virrey”.  Su propietaria, doña Leticia, estuvo muy entusiasmada al hablarnos de los diferentes platos y pronto buscó un taxi que nos llevara directo a la picantería “La Tigresa”.  Llegamos temprano y preguntamos si tenía el famoso “rocoto relleno”, un chile parecido a un pimiento o chile dulce rojo pero bastante picante. 
Como no estaban listos todavía nos recomendaron unas bolitas de yuca rellenas con queso y envueltas en huevo.  Ya con eso estábamos encantados pero luego llegaron los rocotos que realmente eran de chuparse los dedos.


Rocoto relleno

Convento de Santa Catalina
Arequipa tiene una joya arquitectónica que le ha dado fama, el monasterio de Santa Catalina de Siena que es el mejor exponente de la arquitectura colonial arequipeña y tiene una sigular historia.   Este convento fue fundado en 1579 por una dama viuda de la sociedad arquipeña con la finalidad de dedicarse a la oración y a la contemplación.


Pasaje interior dentro del convento

Aquí ingresaron mujeres de diferentes clases sociales y procedencias, ellan llevaban una vida de clausura, y se diferenciaban por ser “monjas de velo negro o velo blanco”.  Su ingreso estaba condicionado al encierro de por vida y a la aparente renuncia de “lujos” y comodidades de una vida clasista.  Al ingresar deberían llevar consigo apenas lo necesario para su estancia: un colchón, una almohada, dos juegos de sábanas, dos pares de botines, dos cambios de ropa, un candelabro, una bacenilla y una cuota para su manutención. 
El convento no se escapó de la diferenciación de clases existente en la sociedad del momento pues había monjas que gozaban de ciertos privilegios, viviendo en espacios más cómodos, con muebles más lujosos e incluso con servidumbre (hasta 3 sirvientas).


Corredor en uno de los claustros

El claustro estaba rodeado de muralllas de sillar que impedían la comunicación con el exterior, era una ciudadela amurallada dentro de la ciudad de Arequipa.  Las novicias, en su mayoría jóvenes de poco más de 15 años, pasaban un año preparándose para tomar los votos, acomodadas en celdas individuales con los utensilios y enceres personales.
El convento estaba dividido en varios espacios propios para la actividad que la vida religiosa demandaba: el claustro de novicias, el claustro mayor, la iglesia, el coro alto y bajo, los confesionarios, el prefectorio, la cocina y el comedor generales, la lavandería y la huerta, el cementerio y otros espacios.
Caminar por el interior de este gran convento nos hizo remontarnos a esos años de encierro e imaginar la vida de las monjas reviviendo las actividades cotidianas: una procesión de monjas de velo negro al atardecer, escuchar a coro las melodiosas voces de un Padre Nuestro, el trajín de la cocina, sentir el calor del horno encendido donde se cocinaban las hostias, escuchar los pasajes de la vida de Santa Catalina con la voz parsimoniosa que sale del púlpito mientras las novicias toman sus alimentos.
Recorrer las callecitas del convento nos hace pensar en el estilo de vida de las enclaustradas ya que las más adineradas gozaban de un estilo diferencial del resto, tenían un pequeño “departamento” con un dormitorio, una sala-comedor, la cocina, un baño y un jardín, aparte del dormitorio de la servidumbre que se encargaba de proporcionarle todos los servicios que una “dama” requería.  Estas monjas-damas se hacían llamar “doña” pero con la llegada de un obispo más estricto se les empezó a llamar “sor” así como también se les redujo la cantidad de servidumbre a una sola moza de oficios domésticos.


Cocina en un apartamento particular de una monja

En el monasterio vivieron aproximadamente 450 enclaustradas quienes en su mayoría permanecían en reclusión desde su ingreso hasta la muerte.  Salvo para casos especiales y por previa autorización del obispo de Arequipa podían recibir visitas, éstas se daban a través de una doble ventana en donde la enclaustrada conversaba con su visitante.


Lavandería en grandes vasijas de barro

Desde 1579 hasta 1970 (371 años) el clasutro permaneció cerrado al resto del mundo, salvo en dos ocasiones (1958 y 1960) en que fue dañado por terremotos y tuvo que ser reconstruido y las monjas fueron temporalmente cambiadas de lugar. 
Algo que llamó nuestra atención durante el recorrido fue conocer el “profundis” frente al claustro de los naranjos.  Este lugar cumplía la función de velatorio en donde se hacían las oraciones y misas de cuerpo presente a las monjas fallecidas.  Actualmente se exhiben fotografías de algunas de ellas así como las cartas del trámite civil para ser enterradas dentro del claustro y no en el panteón de la ciudad.

 


Profundis, sala de velación

El adobo
El sábado estábamos preparándonos para salir al día siguiente y nos encontramos con doña Leticia quien nos preguntó si ya habíamos probado “el adobo”.  Realmente no habíamos oído hablar de ese plato, entonces ella nos explicó que es una tradición muy arraigada en Arequipa comer adobo los domingos para el desayuno.
A pesar de que queríamos salir temprano decidimos que valía la pena retrasar un poquito la salida.  Nos levantamos temprano y nos fuimos a un pueblito cercano donde había varias picanterías que preparan el mejor adobo.
Entramos a una de ellas que estaba llena de gente local que venían a deleitarse con este plato que se prepara dejando la carne de cerdo macerando en rocoto y otras especies desde el día anterior.  Luego se cocina en ollas de barro dejándoles bastante jugo.  Este jugo se come remojándolo en trozos de pan.  Al final sirven un té con licor de anis para hacer la digestión pues el plato es bastante pesado.

Terminamos nuestro desayuno y como aún nos quedaba un poco de tiempo para ir a tomar el bus, quisimos darnos el gusto de comer por última vez un delicioso helado de paila que ahí le llaman queso helado. 
Estos son los sabores que sólo quedan en nuestro recuerdo, son las delicias de la vida que en Perú nos han vuelto locos una y otra vez.

 

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01 agosto 2006

La Cordillera de Huayhuash
Peru - 28 de julio, 2006

 

 

Relatamos el viaje de 9 días caminando por la cordillera de Huayhuash:

Día 1
El primer día nos levantamos a las 4:30 de la madrugada para ir a tomar el bus de Huaraz a Chiquián. Mery ya nos había preparado la comida del viaje, incluyendo cuy y maíz tostado.
A las 8:00 de la mañana llegamos a Chiquián, un pueblito en la montaña.  Sus casitas de adobes y balconcitos hacían de éste un lugar encantador, al fondo los nevados le daban un toque aún más especial.
Desde ahí tomamos otro bus que duraría otras 2 horas por un camino que bordeaba las laderas y que nos llevó a Pocpac, un pueblito diminuto que es la puerta de la gran Cordillera de Huayhuash, en la cual se encuentran más de 30 picos altísimos que sobrepasan los 5500 metros de altura.  Al llegar nos recibieron varias personas y muchos burros ya que en el bus veníamos 4 grupos diferentes de 3 ó 4 caminantes que íbamos a hacer el mismo recorrido por la cordillera.
Nuestro guía, Héctor, fue a buscar al arriero que nos acompañaría, Máximo, y a su familia que iban a ayudar a montar el equipaje y comida en dos burros.  Cuando terminaron de bajar todas las cosas del bus nos dimos cuenta de que faltaba uno de nuestros sacos que traía la tienda de campaña y alguna comida.  Héctor fue a preguntar al chofer del bus y ahí se dieron cuenta de que habían bajado el saco por equivocación en un pueblo anterior. 
Héctor tuvo que regresar a buscar el saco.  Mientras tanto nosotros iniciamos el camino con la esperanza de que Héctor encontrara el saco y nos alcanzara luego junto con Máximo, los burros y todo lo demás.
Caminamos a la orilla de un río pequeño que bajaba de la montaña, entre unas gigantescas paredes rocosas.  Llegamos a un vallecito muy pintoresco donde había algunas casitas de piedra y techo de paja dispersas por el campo.


Campesinos cuidando sus ovejas

Cuando llevábamos unas 3 horas de caminar nos alcanzaron Héctor y Máximo y nos indicaron el área donde íbamos a acampar.  Estábamos a 4400 metros de altura.  Armamos tiendas y en un rato empezamos a preparar la comida.  El sol comenzó a ocultarse y a lo lejos sólo quedaba el gigante testigo, el nevado de Rodoy que con los últimos rayos del sol se veía aún más blanco. 
Un rato después la cena estuvo lista.  El frío empezaba a hacerse más fuerte y comimos rápido.  El cielo se había llenado de miles de estrellas y se veía un cachito de luna que daba bastante luz.  En lo alto divisamos la Cruz del Sur, lo cual nos llenó de emoción y nos hizo recordar la dirección de nuestro viaje.  

Día 2
La mañana amaneció helada, el pasto tenía algo de escarcha, parecía que estábamos a unos grados bajo cero, el sol comenzaba a alumbrar entre las nubes. 
Decidimos levantarnos para desayunar y empacar, tomamos avena con manzana y pan con mermelada de fresa.  Levantamos el campamento y empezamos a caminar aún con frío. 
Al principio la caminata era fuerte ya que la cuesta era empinada.  Conforme avanzábamos hacia lo alto nuestro andar era lento y el corazón agitado, hasta que llegamos al paso de Carananpunta a una altura de 4750 metros.  Aquí pudimos ver un cóndor sobrevolando muy alto, fue un regalo de la montaña poder ver el vuelo de esta ave aunque fuera a lo lejos.


Subiendo al paso Carananpunta

Fue emocionante estar a la par de las montañas de enfrente así como divisar el valle.  Comenzamos a bajar para llegar a la siguiente base, cerca de la laguna Mitucocha.  Caminamos por senderos angostos observando el valle rodeado de montañas y dividido por un arroyo de agua helada.
La caminata tardó 4 horas hasta llegar al campamento en donde Héctor y Máximo ya tenían armadas las carpas y comenzaron a preparar el almuerzo.  Después de almorzar caminamos hacia la laguna Mitucocha y acercarnos a la base de los nevados Rondoy y Ninashanka que ya estaban muy cerca de nosotros (o nosotros de ellos).  Ya empezamos a divisar el gran Jirishanka que tiene más de 6000 metros de altura, así como el Jirishanka chico y el Toro.
En el camino hacia la laguna nos encontramos con un animalito muy gracioso, la vizcacha, una especie de conejo con cola de ardilla que vive en sus cuevas entre las rocas.  Ellos salía a tomar el sol y nosotros podíamos verlos, luego corrían a esconderse rápidamente para aparecer más lejos.  También vimos patos silvestres, aguiluchos y algunso pájaros de agua (lic.-licu).
La tarde estuvo soleada pero con viento frío, regresamos para cenar algo ligero.  Al anochecer pudimos ver otra vez las estrellas, ahora la Cruz del Sur estaba sobre los nevados y se veía magnífica.


Vizcacha tomando el sol

Día 3
Nuestra segunda noche fue más dura que la anterior ya que hizo mucho viento.  Nos levantamos cansados pero pronto el sol y la maravillosa vista del Jirishanka nos dio la energía necesaria para empezar nuestro recorrido. 
Tomamos avena con manzana y pan para terminar de cargar nuestras baterías e iniciar las 3 horas y media de recorrido hasta la laguna Carhuacocha. 
El camino estuvo acompañado de un hermoso paisaje compuesto por los nevados, formaciones rocosas y la puna (pastizales de altura).  En estas alturas es muy común encontrar vacas, ovejas, burros y caballos pastando.  También se observan muchos corrales de piedra donde duermen estos animales.  Hermosas florecitas amarillas, blancas y lilas daban vida y color al árido paisaje.


Carlos, Héctor y Ricardo caminando por la
puna con el Toro hacia el fondo

Cuando llevábamos hora y media de subida y ya estábamos bien cansados por el esfuerzo requerido en estas altitudes, Héctor nos ofreció “canchita” (palomitas de maíz) con lo cual retomamos energías para continuar.
El descenso fue muy fuerte, principalmente por el viento helado que golpeaba con mucha fuerza.  Nuestro mayor regalo fue que al final del descenso nos encontramos con el Jirishanka, el Toro, el Yerupajá (grande y chico) y el Siulá, todos en fila formando una blanca cordillera con la laguna Carhuacocha a sus pies.  Allí acamparíamos para esperar nuestra cuarta jornada.


Una casita en el campo con el Yerupajá
y el Jirishanka al fondo

El día en la laguna fue hermoso, había mucho sol y el viento se había calmado y era bastante tolerable.  Después de instalarnos y darle una mirada a la laguna decidimos tomar nuestro primer baño durante esta travesía.  Bajamos rápidamente a la laguna con la toalla y el jabón.  Sin pensarlo mucho nos bañamos “culatos” (desnudos) antes de que el susto y el frío nos hicieran cambiar de opinión.  Aunque el agua estaba fría, el sol nos ayudó a secarnos y a calentarnos rápidamente.

Día 4
La noche la pasamos con mucho frío, amaneció todo escarchado y cuando abrimos la tienda para levantarnos como a las 6:30 vimos al frente los nevados majestuosos a los que el sol iluminaba y los pintaba de amarillo.


Nevado Yerupajá y laguna Carhuacocha
al amanecer

Nos levantamos muy temprano porque la caminata del día sería mucho más larga.  Empezamos por bordear la laguna y un sendero nos llevó justo al pie de los nevados.  Fuimos subiendo y observando de frente a esos gigantes.


Amanecer en la laguna Carhuacocha

En una parte donde había bastantes rocas comenzaron a asomarse las vizcachas que salían a tomar el sol.  Más arriba llegamos a una lagunita (Quesillacocha) y al seguir subiendo nos dimos cuenta de que eran tres las lagunitas de diferentes colores entre verdosos y azulados.  La escalada final para llegar al paso que estaba a 4800 metros de altura fue muy fuerte.


Laguna de Quesillacocha

Al llegar a arriba había un niñito sentado esperando a los turistas para que le regalaran dulces.  Ese cuadro de ver a ese niño con su carita con mirada profunda, intensa, con la piel quemada por el frío andino, que sonríen al viajero y piden caramelos, en un lugar tan mágico con un fondo de gigantes nevados, nos hizo pensar en la sencillez de la vida.  Facundo era un niño de unos 5 años que esperaba pacientemente mientras su madre recogía leña y pastoreaba a los borregos, apenas sabe contar, no va a la escuela, comparte la vida con sus otros dos hermanos, es un niño de la montaña andina que tiene pocas oportunidades para tener una vida diferente.


Facundo en lo alto del paso de Quesillacocha

La estadía en la cima fue algo muy intenso y cada uno de nosotros lo vivió de formas diferentes, recordando seres queridos que tal vez queríamos traer a nuestro lado para compartir aquello tan sublime.
El descenso fue tranquilo, pasamos por una zona que contenía bastante agua y en ella crecía un tipo de hierba dura que formaba como islotes.  Al pasar por una choza había un rebaño de ovejas y el perro guardián en lugar de ladrarnos nos comenzó a seguir amistosamente.  Nosotros no le dimos mucha importancia y cuando llegamos al lugar donde íbamos a acampar vimos que el perro también había tomado posesión en el lugar y se creía el guardián de nuestro campamento.


Islotes formados por hierbas duras

Día 5
Después de caminar como 4 horas nos alcanzó un niño montando un caballo y nos preguntó si habíamos visto un perro “bayo”.  Nos acordamos del perro que nos había seguido el día anterior.  El niño había salido a las 7 de la mañana de su casa para encontrar a su perro.  Ya se estaba preocupando porque debía volver ese mismo día y el perro no aparecía.  El niño se llamaba Bayú y tenía sólo 9 años pero su determinación era muy grande y estaba decidido a recuperar a su perro.
Le dijimos que habíamos visto al perro y que esa mañana había caminado delante de nosotros acompañando a un grupo de españoles.  El niño se apresuró hasta el siguiente campamento y por suerte lo encontró.  Al rato vimos que venía de regreso a su casa llevando a su perro amarrado.


Bayú con su perro bayo

Cuando pasamos por una casita  nos ofrecieron trucha fresca.  Compramos una gran trucha que al llegar al campamento Héctor nos preparó con cebollita.  Nos fuimos con Máximo a buscar unas aguas termales que estaban muy calientes y al regresar ya estaba lista la trucha que nos supo deliciosa.

Día 6
Al igual que sucede muchas veces en la vida, este tipo de caminatas también caen en la rutina, entonces hay que ser sensibles para no dejar de apreciar esta gran oportunidad que nos da la vida de convivir día a día con el río, la montaña, y con toda la naturaleza a nuestro alrededor y de hacerlo con nuestros propios pies y nuestra propia energía.
Héctor y Máximo, el guía y el arriero que nos acompañaban, nos trataron muy bien.  El primero siempre cocinaba muy rico y estaba pendiente de nosotros para que no nos afectara el mal de altura (soroche) o para que no nos perdamos en el camino.  Máximo por su parte siempre está muy atento en alcanzar la comida hasta la tienda cuando está haciendo mucho frío y luego lavar los platos con una agua que está casi congelada.


Carlos, Jorge, Máximo,
Ricardo y Héctor

El sexto día de nuestra caminata fue de 8 horas.  Nos levantamos muy temprano para iniciar el ascenso hasta un paso a 5000 metros de altura (Punta Cúyoc).  Aunque estábamos cansados por el esfuerzo necesario para cruzar el paso más alto en nuestra caminata, todavía nos esperaría otro fuerte ascenso ese mismo día.


Paso de punta Cúyoc

Después de bajar del primer paso subimos hasta el mirador de San Antonio para disfrutar de una magnífica vista de la cordillera.  Desde ahí arriba se veían algunos de los montes que habíamos dejado atrás hacía algunos días.  También se veían tres hermosos lagos que junto con los montes hacían espectacular el paisaje.


Vista desde el mirador de San Antonio

El final de la jornada fue a través de una gran pampa en donde se suponía que podríamos ver al rey de estas montañas, el cóndor.  No tuvimos mucha suerte de verlo aunque sí vimos con mucha frecuencia los huesos de los animales de los cuales probablemente se habían alimentado algunos de ellos.

Día 7
El séptimo día fue una jornada agotadora.  Después de mucho caminar por lugares de poco interés llegamos a un sitio donde íbamos a acampar.  Siempre nos impresionó mucho ver como baja de las montañas el agua y poco a poco se van uniendo los pequeños caudales para formar otros más grandes y más fuertes.  Fuimos concientes de las valiosas fuentes de agua que hay en estas montañas.


Campesinos cosechando papa

Esa noche sólo nosotros acampamos en ese lugar, los otros grupos habían decidido quedarse más abajo.  El sitio tenía un aspecto como de paisaje lunar con un nevado al fondo llamado el Diablo Callado.
Por la noche nos alumbró la luna de forma impresionante ya que sólo faltaban dos noches para la llena. 

Día 8
Al amanecer del octavo día nos llamó la atención una cruz de hierro clavada cerca de donde habíamos acampado.  Máximo y Héctor nos contaron que en ese lugar habían muerto dos personas hacía algunos años.  Nos volvimos a ver y pensamos que ciertamente ese no había sido el mejor lugar para pasar la noche.  Felices de estar completos y sanos empezamos a subir lo que faltaba para llegar al siguiente paso.


Ricardo y Carlos bajando de un paso
un poco empinado


En un punto Jorge alzó la mirada y de pronto vio pasar un enorme cóndor con sus alas extendidas volando no muy alto.  Luego se fue alejando y elevando hasta perderse entre las nubes.  Permanecimos un rato esperando su regreso pero él decidió buscar su presa en otra parte.


Cóndor volando en busca de su presa

Ese día bajamos hasta la laguna Jahuacocha y nos sorprendimos al saber que teníamos al fondo otra vez al nevado Rondoy, sólo que esta vez lo veíamos por la parte de atrás.  También se divisaban otros conocidos como el Jirishanka y el Yerupajá.


Laguna Jahuacocha con el nevado
Rodoy al fondo

Día 9
La última noche fue tranquila, ya no hacía tanto frío.  Nos levantamos muy temprano para hacer el último trayecto hasta Pocpac que iba a durar sólo 3 horas y media.  Cuando levantamos el campamento y ya empezaba a amanecer nos tomó por sorpresa ver que sobre el Rondoy estaba brillando Venus, la estrella de la mañana, y ya se estaban apagando las últimas estrellas de Orión.  Logramos ver las 3 estrellas de su cinturón como deseándonos un buen viaje.
Después de haber pasado estos 9 días “perdidos” en una de las cordilleras más bellas del mundo, experimentando el frío y el cansancio, y viviendo de forma muy sencilla, nuestros corazones se sintieron más jóvenes y la conciencia de saber quienes somos nos hizo agradecer a Dios por darnos esta oportunidad.  Ser compañeros en un viaje de este tipo nos une aún más desde la autenticidad.
Bajamos a Pocpac.  Ricardo tomó un baño en el río y esperamos el bus de regreso a Chiquián.  Allí almorzamos mientras veíamos la final del mundial.  Un rato  más tarde tomamos el bus de regreso a Huaraz.


Bajando al poblado de Pocpac

El bus subió por la carretera, volvimos a ver hacia el pueblo y a lo lejos la cordillera de Huayhuash se veía completa, blanca y majestuosa.  Y para darnos el último adiós, la luna llena empezaba a salir grandiosa como una reina alegre sobre este rincón misterioso de nuestro planeta.

“He visto de cerca estos montes nevados y tocado el agua helada de estas hermosas lagunas, he respirado con dificultad el aire puro de la montaña, pero lo más importante es que he encontrado la presencia de mi padre, su espíritu me ha acompañado en esta travesía”
Carlos I.

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