El blog de los Caracoles Errantes

Viajando por largo tiempo llevando todo en nuestra espalda y nuestra casa es nuestra mochila

20 diciembre 2006

Potosi
Bolivia, 7 de Diciembre, 2006


El Cerro Rico
Cuenta la leyenda que Manco Kápac, el máximo gobernante del imperio Inca, llegó a estas tierras y los habitantes le ofrecieron figuras de plata como obsequio. El gobernante preguntó que de dónde las habían obtenido, entonces lo llevaron al cerro y se asombró. Dio la orden de que empezaran a explorarlo, cuando quisieron perforar el cerro se oyó un estruendo y una voz que decía: “esto no es para ustedes, es para otros que vendrán después”. Los habitantes reconocieron la voz de la Pacha Mama y decidieron dejar el cerro en paz. Desde entonces le llamaron Potojchi que significa “estruendo”.


El Cerro Rico de Potosí

Potosí
La ciudad de Potosí fue fundada por los españoles en 1545 a raíz del descubrimiento de minerales, especialmente plata, en el cerro rico. A partir de entonces comenzó a crecer en población y riqueza.
Esta ciudad está ubicada a una altura de 4100 metros lo que la hace ser una de las ciudades más altas del mundo junto con Lhasa en el Tibet. A pesar de la dificultad que representa esta altitud, fue la gran cantidad de plata encontrada en el cerro rico la que motivó a miles de personas a instalarse allí. Para 1610 ya se contaba con una población de 160 mil habitantes, lo cual la convirtió en la ciudad más grande, además de la más rica de América.


Una calle de Potosí

Actualmente Potosí es una ciudad que guarda huellas de su pasado glorioso pero que demuestra un gran deterioro. A nuestra llegada nos impresionó ver edificios imponentes como la catedral, la Casa de la Moneda y otros, y al mismo tiempo una sensación de pobreza, descuido e insalubridad.


Casa de la Moneda


En realidad la riqueza de Potosí siempre fue llevada a otras tierras, empezando por la corona española que explotó inhumanamente a la población indígena durante 300 años para enriquecerse.
El mecanismo que los españoles utilizaron inicialmente se denominó la mita y consistía en imponer a los indios una estancia de 4 meses trabajando en la mina seguidos por 6 años sin el requerimiento de este servicio, además de un pago en efectivo. Los indígenas aceptaron entrar a trabajar de esta forma, sin embargo, los españoles no cumplieron su parte y los 4 meses se fueron convirtiendo en tiempos indefinidos, haciendo de estos trabajadores prácticamente unos esclavos.
Los indígenas empezaron a escapar y a volver a sus pueblos de origen. Ante esto los españoles trasladaron familias completas a las minas para evitar que los mineros huyeran. La mina para ellos se fue convirtiendo en una prisión ya que una vez que entraban a ella no volvían a ver la luz del sol.
Los mineros morían dentro de las minas a causa de accidentes y de enfermedades tales como la silicosis, adquirida al respirar sustancias tóxicas. Se calcula que durante la dominación española llegaron a morir 8 millones de personas dentro de las minas del cerro rico de Potosí.
Los españoles temiendo ser contagiados nunca ingresaban a las minas, por lo que no tenían control directo sobre el trabajo de los mineros. Con el tiempo los mineros empezaron a reducir su producción al no sentirse vigilados.
La religión jugó un papel preponderante para cambiar la mentalidad de los mineros. Utilizando la figura del diablo, los españoles empezaron a inculcar temor en los indígenas introduciendo la idea de que al engañar a su patrón el diablo los castigaría.
Para apaciguar al demonio los mineros le daban ofrendas como coca, alcohol y cigarros. Irónicamente esta figura se convirtió en un protector de los mineros ya que éstos se dieron cuenta de que dentro de la religión católica el demonio es enemigo de los españoles y por tanto lo adoptaron como su aliado. Empezaron a llamarle el Dios, pero por dificultad fonética se le decía Tios y luego quedó simplemente como el Tío.

La visita.
Organizamos una visita al cerro rico con una guía llamada Susana, quien nos llevó primeramente a una bodega para vestirnos de “mineros”, con botas, impermeables, casco y linterna.


Preparados para entrar a la mina

Pasamos a un antiguo mercado minero para comprar hojas de coca, y lejía, piltanchos y cayapos (cigarros artesanales) para regalar a los mineros, que los consumen todo el tiempo.
La coca es un estimulante que tiene alcaloides que inhiben el hambre y la sed. De esta forma el minero puede soportar la larga y dura jornada dentro de la mina, además de obtener fuerzas para poder trabajar a tan extremas alturas y temperaturas, que oscilan entre los 4oC y los 45oC. La lejía (ceniza con papa, camote, banano y quínoa) se pone en la boca junto con las hojas de coca como catalizador para estimular la salivación.


Regalos para los mineros

En los casi cinco siglos de explotación se han perforado alrededor de 800 entradas o bocaminas, de las cuales unas 300 están en actividad hoy. Además se calcula que se han excavado más de 500 kilómetros de túneles o galerías internas. Susana nos llevó a una de las bocaminas que pertenece a la mina Paila Viri para iniciar nuestro recorrido de una hora y media dentro de la mina.
En las paredes de la entrada de la mina se veían unas manchas negras. Susana nos explicó que esas manchas son de la sangre de una llama macho que es sacrificada al espíritu de la Pacha Mama, durante una ceremonia que se realiza cada año en el mes de junio. La llama se descuartiza y se entierra justo en la bocamina. Para los indígenas, este cerro representa a la madre tierra, que en lengua quechua se dice Pacha Mama. Brindar una ofrenda a la Pacha Mama, les garantiza que el cerro produzca mayor cantidad de plata y otros minerales.
Durante el recorrido encontramos a un minero llamado Julián realizando su trabajo con métodos medievales, sin ninguna tecnología moderna. Con un pesado martillo de dos kilos golpeaba un cincel para abrir un agujero de unos 50 centímetros, ahí coloraría un poco de dinamita para ir sacando el material (especialmente zinc).


Don Julián abriendo un agujero
en la roca manualmente

Don Julián comenzó su trabajo en la mina hace 20 años, siguiendo la tradición de su padre y abuelo. Aunque se sabe de los riesgos de este trabajo, probablemente no tenga otra opción, ya que la minería es la única actividad productiva de Potosí. Algunos mineros cuentan con un taladro que puede simplificar el trabajo, sin embargo don Julián no tiene la posibilidad de comprarlo por el alto costo del mismo.
En un punto nos encontramos una especie de cueva decorada con banderitas y cintas de colores en honor a la Pacha Mama ya que como deidad femenina debe de tener adornos. Al fondo había una imagen impactante del Tío, un verdadero diablo sentado, con cachos, patas de cabra, dos enormes bolas rojas como ojos, bigotes y barba, pelo largo y la boca entreabierta para fumar. En una mano tenía una botella de licor, muchas serpentinas de colores alrededor del cuello, y entre las piernas un gran pene. Alrededor de él había muchas hojas de coca tiradas como ofrenda. Todos los viernes se realiza una reunión de los mineros para agradecer y pedir favores al Tío. Cada persona pasa a agradecer dando ofrendas de alcohol y hojas de coca, prenden un cigarro que colocan en la boca del Tío, derraman un poco de alcohol en el suelo para la Pacha Mama y luego beben, diciendo salud a todos. Este espacio también sirve como un tiempo de convivencia entre los mineros.


El Tío

La mina es un laberinto de túneles que a veces son muy bajos o angostos, y otras veces se abren a mayores alturas. En algunos puntos se descienden a otros niveles, bajamos en total a tres niveles inferiores, unos 65 metros desde el nivel de la bocamina. Mientras caminábamos escuchamos algunas explosiones que se estaban realizando en otros sectores. Al salir de la mina apreciamos la luz del sol y respiramos aire fresco. Es conmovedor haber encontrado estas personas que pasan sus años de juventud en estas cuevas y que quizás cuando ya se retiran de ellas, puedan padecer de alguna terrible enfermedad adquirida en la mina.
Una señora a nuestro paso se dedicaba a seleccionar pequeñas piedras de diferentes minerales –plata, zinc, plomo; su aspecto era de una viejecita de 90 años, pero sólo tenía unos 65. Desde hace 30 años que diariamente realiza este trabajo para subsistir, ya que su esposo murió en la mina y la cooperativa de mineros le permitió ganarse la vida de esta forma para mantener a su familia.


Señora que separa minerales

Suena muy duro el dato de que actualmente cada año mueren cerca de 60 personas dentro de las minas; esto representa al menos una muerte por semana.
La visita al Cerro Rico de Potosí, nos da un ejemplo de que el tiempo no ha pasado en este rincón del mundo, aunque ya no hay una esclavitud declarada, la condición humana de los trabajadores sigue siendo precaria.


Una pareja de potosinos en el parque

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06 diciembre 2006

Salar de Uyuni
Bolivia, 3 de Diciembre, 2006

 


El tren Wara-Wara hizo un recorrido de 11 horas, saliendo a las 3:30 de la tarde desde Villazón.  Durante la travesía pasamos por un cañón con rocas de formas misteriosas, el paisaje era más bien desértico.  Cuando llegó la noche, las estrellas comenzaron a aparecer y un pequeño cacho de luna daba suficiente luz para que pudiéramos ver simultáneamente la punta y la cola del tren cuando éste daba algunas curvas.


El tren Wara-wara

Conforme la noche fue avanzando el tren siguió ascendiendo hasta superar los 3600 metros y el frío fue aumentando.  Finalmente el tren dio unos silbidos anunciando su llegada a Uyuni.  Eran las 2:30 de la madrugada cuando bajamos a buscar nuestro equipaje.  Afortunadamente en la estación encontramos a una señora indígena que nos llegó a ofrecer hospedaje en su pequeño hostal.  Estábamos ansiosos por meternos en las cobijas para descansar y para calentarnos.
A la mañana siguiente iniciamos un viaje en un tour por dos días hacia el salar de Uyuni.  Antes de entrar en el salar pasamos a un pueblito de 10 familias llamado olchan.  Sus habitantes viven de la explotación rústica de la sal y de la elaboración y venta de curiosas artesanías hechas también de sal.
La fábrica de sal funciona de forma cooperativa.  Una señora muy hospitalaria que, a pesar de su condición humilde, nos explicó muy claramente todo el proceso de transformación de la sal desde que es secada en un horno, luego se muele y se mezcla con yodo y finalmente se empaca manualmente.  Ella se quejaba del bajo precio que obtienen y del pequeño mercado de que disponen, lo cual no les permite ampliar su producción.


Empacando sal

Mientras observábamos todo esto, los guías, Teo y Rosa, prepararon nuestro almuerzo.  En una mesita y unas bancas hechas con bloques de sal nos esperaba un suculento bife de llama que nos pareció delicioso.
Continuamos nuestro camino y unos kilómetros después tuvimos la impresión de estar frente a un mar blanco y brillante.  Estábamos entrando en el salar más grande del mundo, una extensión de 12 mil kilómetros cuadrados (casi la cuarta parte de Costa Rica).
El carro se perdía en esta blanca inmensidad siguiendo las huellas que otros habían dejado.  Nos detuvimos y nos sentimos sorprendidos por este inusual paisaje.  Al caminar, el suelo crujía como si estuviéramos pisando una pista de hielo quebradizo.  En el suelo se dibujaban figuras geométricas que semejaban un gran panal de abejas con celdas de un  metro de ancho aproximadamente.

El salar de Uyuni

Nos contaron que en la temporada de lluvia el salar parece un lago y se hace intransitable.  Al secarse las huellas desaparecen y un nuevo camino debe trazarse simplemente transitando sobre el salar.
A lo lejos se divisaba una montaña hacia la cual nos dirigíamos, era el volcán Tunupa.  Llegamos a la base del volcán donde había un pueblito de agricultores llamado Coqueza.  Nos explicaron que ellos no explotan la sal y que su lengua es el quechua, a diferencia de los pobladores del otro lado del salar, como en Colchani, donde sí explotan la sal y hablan aymara.  En Coqueza cultivan quinoa (un cereal de tiempos prehispánicos), papas, trigo, habas y maíz, además se dedican al pastoreo de gran cantidad de llamas.  Las construcciones del pueblo han sido hechas con piedras del volcán Tunupa.


Iglesia de Coqueza al atardecer

Nos instalamos en un humilde hotel que estaba construido con bloques de sal, las camas también estaban hechas con estos bloques y el piso era de sal granulada.  En los bloques se observaban varias capas que contaban la historia del clima del salar en los últimos años, franjas anchas indicaban mucha lluvia y las angostas decían que ese año había llovido poco. En medio de las franjas blancas había otras franjas de color café que hablaban de la arena que cubría el salar durante la época seca.
Salimos a caminar hacia la orilla del pueblo donde se une el salar con la tierra habitable.  Llegamos a un borde con suelos pantanosos y azufrados, ese es el hábitat de los flamencos rosados que se detienen por horas a alimentarse pacientemente de lo que encuentran en el lodazal.  Desde ahí pudimos ver el sol ponerse suavemente hundiéndose en los confines del salar.


Flamenco rosado


Por la noche nos sentamos a conversar con don Mario, el dueño del hotel, quien nos contó lo que dice la tradición quechua sobre cómo se formó el salar:

“Cuentan los abuelos que hace muchos soles y lunas atrás, mucho antes de que hubieran montañas y que el valle fuera un salar había una mujer muy bella y coqueta llamada Tunupa que seducía con su hermosura a los valientes Cora Cora, Chillima y Cuzco.  Un día Chillima y Cora Cora pelearon entre ellos por el amor de Tunup; al primero se le rompieron los dientes y al otro la vejiga.  Al final Tunupa prefirió a Cuzco, con quien se casó y procrearon un hijo, pero a pesar de esto Tunupa no dejó de coquetearle a Cora Cora y a Chillima.  Esto molestó mucho a Cuzco, quien decidió marcharse llevándose al niño lejos de su madre;  Tunupa al quedarse sola y desconsolada derramó su leche materna sobre el gran valle, formando el salar e inmortalizándose en una montaña.   Cerca de ella también están Chillima y Cora Cora, el primero tiene la cima de forma irregular y parece que le faltan dientes, y al segundo le brota tanta agua que dicen que tiene la panza rota; esto fue el resultado de la pelea por el amor de Tunupa. Al otro lado del salar, lejos de Tunupa, yace Cuzco y su hijo, dos montañas que están juntas, la màs pequeña es parecida a Tunupa, la madre.”


El mítico volcán Tunupa


Aunque durante el día habíamos visto llegar muchos carros con turistas que venían a tomar fotos del volcán y de los flamencos, creemos que nosotros tres éramos los únicos que pasamos la noche en el pueblo.  La habitación estaba iluminada por algunas velas blancas que daban mayor realce a todo el entorno blanco de la sal haciendo que nos sintiéramos como metidos en un cubo de nieve pero con una cálida sensación.
Pudimos descansar bastante y por la mañana muy temprano fuimos a ver la salida del sol por el otro extremo del salar.  La vista del Tunupa era espectacular; era un gran cono de campos verdes divididos por muros de piedra y arriba una enorme corona rocosa con hermosos tonos rojizos.


Salar de Uyuni al amanecer

Después de desayunar hicimos una caminata subiendo hacia la cumbre del volcán hasta un punto intermedio que llaman el mirador.  Desde ahí pudimos ver el pueblo y el extenso salar.
También seguimos un sendero hasta una cueva que contenía unas 7 momias.  Antiguamente los quechuas enterraban a sus muertos en este tipo de estructuras funerarias llamadas chullpas.  Las momias que vimos estaban acompañadas de su ajuar funerario, entre lo que se incluían piezas de cerámica y trajes. 


Normalmente estas momias se encuentran en museos de alguna ciudad y las cuevas donde estuvieron se encuentran vacías.  Poder verlas en su entorno natural y estar dentro de esta chullpa nos impactó bastante.


Momia en la chullpa


Una vez más la vida nos sorprendió con un paisaje muy diferente, en un lugar a tan grandes alturas donde nos encontramos con gentes que viven y encuentran formas para subsistir, a pesar de encontrarse en condiciones climáticas tan difíciles, en donde la mayoría de nosotros pensaría que es imposible vivir.


El salar de Uyuni

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08 septiembre 2006

De La Paz a las Misiones Jesuitas
Bolivia - 8 de septiembre, 2006

 

 

La Entrada Universitaria

La Paz es la capital más alta del mundo, se encuentra a 3800 metros de altura. Esta ciudad ha crecido desordenadamente y el tráfico parece estarla asfixiando; sin embargo, ha mantenido lugares con encanto, como lo son el centro histórico y la avenida del Prado donde hay hermosos edificios y jardines con ingeniosos y coloridos diseños obtenidos a partir de una gran variedad de flores.
Prolongamos nuestra estadía en esta interesante ciudad para esperar a nuestras amigas Paulina y Mariana que venían desde Argentina a pasar unos días de vacaciones a Bolivia.  Los días se nos fueron volando, entre comernos una deliciosas copa Dumbo de helado con frutas, desayunar unas empanadas salteñas o tucumanas en la calle, tomar un cafecito en la tarde con una tartaleta de fresa, visitar el museo de etnografía con su majestuosa exposición de telas prehispánicas o ver una y otra vez la iglesia de San Francisco con su fachada en piedra llena de animales tropicales y ángeles con rasgos indígenas.  Este tipo de trabajos es conocido como arte mestizo y muestra la resistencia de los indígenas a la doctrina católica.
A Paulina y a Mariana las conocimos en nuestra estadía en San Cristóbal de Las Casas, venían a La Paz a visitar a Pamela, otra amiga boliviana que también conocimos en México.  En la casa de Pamela conocimos a su madre, una señora muy simpática que nos explicó sobre el placer y los beneficios de mascar la hoja de coca, la cual no es una droga como insistía ella.  Se toman varias hojitas de coca y se va haciendo una bolita que se prensa entre los dientes y el cachete sin morderlas.  Todos terminamos con nuestras bolitas de coca, una al lado derecho y otra al izquierdo, para hacerle frente al mal de altura o soroche tan común cuando se está a grandes alturas.


Máscara en una Diablada

Por pura casualidad habíamos llegado a La Paz para un evento muy especial:  la entrada folclórica universitaria.  Este evento es organizado desde hace 19 años por la Universidad Mayor de San Andrés.  A través de procesos de investigación realizados por las propias facultades o fraternidades, cada año se lleva a cabo un desfile de bailes populares bolivianos con lo cual se garantiza la expresión de manifestaciones culturales no difundidas y se evita la desaparición de muchas danzas y tradiciones. 


Baile de la Morenada

Durante más de 15 horas cerca de 70 grupos fueron mostrando hermosos bailes, trajes y música con tambores, quenas o zampoñas, el ambiente y la fiesta eran contagiosos y toda la gente que veía el desfile desde la orilla de la calle se identificaba quizá con su fraternidad o facultad o con su pueblo o lugar de origen.  Los grupos bailaron tonadas, sayas, morenadas, pujllay, tobas, chacareras, llameradas, kullawadas, tinkus, caporales, diabladas, potolos, cuecas y muchos otros bailes.


Colorido baile usando flores

El día anterior a la entrada mientras caminábamos cerca de las instalaciones de la universidad habíamos visto varios grupos ensayar sus bailes en las plazas de dicho recinto.  Ver a un grupo de estudiantes que danzaba una pieza que denunciaba la explotación de los mineros nos había llenado de curiosidad, optimismo e ilusión para disfrutar de tan hermoso acontecimiento.


Baile de los Caporales

El mismo sábado del desfile teníamos que salir por la tarde a tomar el autobús que nos llevaría a nuestro siguiente destino: Santa Cruz de la Sierra y las misiones jesuitas. Nos fue casi imposible llegar a la terminal de buses.  La entrada había tomado las calles y tuvimos que caminar bastante para llegar al autobús.  Ya sentados y observando la ciudad de La Paz nos despedíamos felices de haber vivido tan linda experiencia en compañía de tan grandes amigas.


Mariana, Carlos, Jorge, Paulina
Pamela y su mamá

Las Misiones Jesuitas

Santa Cruz de la Sierra nos sirvió para cargar pilas de un viaje de 16 horas que se convirtió en más de 25 horas de tortura.  Estuvimos diez horas detenidos en la carretera por reparaciones en la vía.  Lo más triste del asunto es que en esa espera vimos como el hermoso bosque se iba convirtiendo en un basurero ya que la gente de la interminable cola de vehículos tiraba la basura al suelo sin preocupación alguna, como si no les molestara ver toda aquella belleza volverse un basurero.
Ya repuestos del duro viaje entre La Paz y Santa Cruz nos dirigimos a las famosas misiones jesuitas.  Existen siete pueblos (San Xavier, San Ignacio, Concepción, San Miguel, San Rafael, San José y Santa Ana) en la zona de los indios Chiquitos que son pueblos que participaban de la cosmovisión propia de los pueblos amazónicos.  En 1691 se estableció en San Xavier la primera misión jesuita y fue atendida por esta orden religiosa durante 76 años.  Los primeros indios evangelizados fueron los Piñocas, Bororos y Tabicas, todos eran pueblos chiquitanos.


Misión de San Xavier

Los jesuitas siguieron el modelo de reducciones implantado por el franciscano fray Luis Bolaños con los guaraníes en Paraguay.  Este sistema de reducciones y doctrinas fue un medio eficaz para lograr la defensa y la promoción del indio tanto religiosa como social y económica. 
La filosofía que soportaba este método se basaba en la idea de que los indios debían vivir reunidos en pueblos por lo que los misioneros apoyaron la creación de “pueblos de indios libres”.  La creación de estos pueblos era en realidad una alternativa al sistema de las “encomiendas” que en la práctica causaba tantos problemas a la población indígena. 
En estos pueblos se desarrolló la acción sanitaria y educativa: el cultivo de la música, danza y teatro, la pintura, escultura y arquitectura, y otras artes y oficios.  Los misioneros intentaron conocer y comprender las culturas indígenas y profundizar en los ritos, creencias y costumbres de las civilizaciones autóctonas, realizando así un encuentro y diálogo intercultural.
  Salimos al medio día hacia San Xavier en donde nos pasamos la tarde disfrutando del hermoso pueblito colonial y de la iglesia que se conserva en perfecto estado sin haber necesitado grandes trabajos de reconstrucción.  Se ve como si el tiempo no hubiera pasado por ella.  Sus principales atractivos son una imagen de San Francisco de Asís con animales y plantas de la selva chiquitana y otra imagen de San Antonio cargando al Niño Jesús y a un niño indio.  También llama la atención una colección de ángeles en las naves laterales que ocupan el lugar tradicional del Via Crucis, con esto se quería expresar a los chiquitanos la sensación de estar en el cielo.


San Francisco de Asís con aves tropicales

A la mañana siguiente tomamos un autobús hacia otro sitio lleno de encanto e historia, la misión de Concepción.  La historia de esta misión es muy similar a la de la anterior.  Ahí nos impresionó principalmente los confesionarios del siglo XVIII y la imagen de la Virgen de la Concepción con rasgos de mujer indígena.


Misión de Concepción

Tuvimos que pasar en Concepción más de 12 horas.  El bus que nos llevaría a la frontera con Brasil pasaría hasta muy tarde de la noche.  Nos dispusimos a recorrer el pueblo y a buscar lugares en donde refugiarnos del sol y del calor.  Por suerte encontramos un hermoso lugar en donde almorzamos y cenamos.  Era una casa colonial antigua decorada con mucho gusto donde funcionaba un lindo restaurante con un estilo muy casero.  Ahí nos prepararon un plato típico con arroz, carne seca, huevo y plátano.  También nos guardaron las maletas mientras hacíamos el recorrido por el pueblo.
La espera del autobús fue muy larga.  Nos habían dicho que tal vez a las 10 de la noche pasaría algún bus hacia San Ignacio que está como a 4 horas de Concepción.  De San Ignacio tendríamos que tomar otro bus hacia San Matías, el pueblo fronterizo que estaba 6 horas más adelante.  Nos estacionamos cerca de una gasolinera a esperar los inciertos autobuses.  Finalmente tomamos uno como a las 2 de la madrugada.  El viaje estuvo lleno de malos caminos, polvo y transbordos.  Por la tarde llegamos a un nuevo país, nuevas gentes, nuevos paisajes, nuevas costumbres y hasta nuevo idioma.  Estábamos finalmente en Brasil. 

 

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05 septiembre 2006

Lago Titicaca
Peru/Bolivia - 1 de septiembre, 2006

 

 

La despedida de Perú y la bienvenida a Bolivia la hicimos en el lago Titicaca a 3800 metros de altura.  Este hermoso lago que comparten ambos países nos llenaría de hermosas imágenes, así como de la oportunidad de acercarnos a algunas personas de ambas naciones. Sus habitantes comparten raza, idioma y un lago, pero pertenecen a países que actualmente están tomando rumbos distintos en cuanto a su política.
Perú por un lado reeligió como presidente a Alan García quien en su primer mandato y en un intento por controlar la inflación del país nacionalizó la banca, provocando la fuga de los capitales al extranjero y dejando al país con una banca en quiebra.  Cada día de su mandato estuvo acompañado de marchas y protestas relacionadas con sus desastrosas políticas económicas.  A pesar de reconocer la incapacidad de este personaje tan polémico, la gente lo ha elegido como presidente por miedo a un gobierno de izquierda del corte de Cuba.
Por otra parte, Bolivia optó por elegir como presidente con mayoría absoluta a Evo Morales en señal de inconformidad con gobiernos anteriores.  Ahora el presidente de esta nación es un ex-dirigente de sindicatos de plantaciones de coca, de ascendencia indígena y que solamente cuenta con estudios de primaria completa.


Lago Titicaca, al fondo la ciudad de Puno

Del lado peruano conocimos las islas de Taquile y Amantaní, así como las islas flotantes de los indios Uros.  En Bolivia tuvimos la oportunidad de disfrutar de las islas del Sol y la Luna, conocidas por haber sido importantes centros religiosos de las poblaciones pre-hispánicas de la zona.
La forma más fácil de visitar las islas es mediante un viaje organizado por una agencia.  Aunque no es nuestro estilo de ver el mundo tuvimos que tomar la excursión y disponernos a disfrutar de lo que ofrecían.  Del lado peruano todo está muy bien organizado, se pasa un día con una familia quechua en la isla de Amantaní y de camino se visitan las islas flotantes.


Islas flotantes de los Uros

Estas islas son realmente un espectáculo ya que son fabricadas con la totora (caña que crece en el lago).  Con grandes bloque de totora (con todo y sus raíces) se van formando islotes en donde se construyen casas, escuelas, iglesias y hasta un centro de salud.  La totora también forma parte de los productos que consume la población ya que la parte suave y tierna se come como si fuera un palmito.
En embarcaciones también elaboradas con totora llevan la planta para comercializarla en la ciudad de Puno que es donde se abastecen de cereales, ropa y otros artículos de primera necesidad.  Ahora fabrican lindas artesanías que más de un turista compra seducido bajo la imagen tan distinta y bella que este lugar les deja.


Indígena con artesanías de totora

Ya en la isla de Amantaní un grupo de mujeres con sus trajes típicos y su reboso negro esperaban a los turistas que irían a pasar el resto de la tarde y parte de la mañana siguiente en sus casas.  Nuestra anfitriona se llamaba Epifanía.  Nos llevó hasta su casa y con su hermosa sonrisa nos mostró las habitaciones y nos dijo que esperáramos un rato por la comida.  También iban con nosotros una argentina, Carolina, y su novio gringo, Noah, con quienes compartimos esta linda experiencia.
Epifanía preparó una deliciosa sopa de quinua (cereal de cultivo en tierras muy altas) y verduras, además de un segundo plato que tenía queso frito, tubérculos hervidos y arroz blanco.  Aunque la comida era muy humilde se veía que Epifanía la había preparado con amor y por eso nos parecía un banquete digno de un rey.


Agricultor preparando chuño (papa seca)

Al llegar la noche Epifanía sacó unos trajes para vestir a Carolina con las ropas tradicionales de la isla.  A los hombres nos dio ponchos y gorros también tradicionales y nos llevó a una fiesta que el pueblo organizaba para los turistas.  Fue muy bonito compartir sus danzas y su música.  Realmente se veía orgullo de esa gente al mostrarnos sus bailes y costumbres.
En general en la isla se veía una forma digna de vivir, construcciones bonitas, un pueblo limpio y bien organizado que contrasta mucho con la pobreza y basura de otros sitios de Perú.  Se puede ver que el proyecto de turismo rural beneficia al pueblo, aunque los grandes ganadores son los dueños de las agencias de viajes que pagan a  las familias menos de la mitad de lo que costaría hospedarse de forma independiente. 
De regreso a Puno pasamos a la isla de Taquile que es mucho más visitada y por tanto más comercial que Amantaní.  A pesar de eso, ahí disfrutamos de hermosas vistas y de un lindo picnic a orillas del lago. 


Isla de Taquile

Del lado boliviano visitamos la isla del Sol con sus formas caprichosas que van semejando las patas de algún animal gigantesco dormido sobre el lago.  Desde las ruinas incas en el extremo norte de la isla es posible hacer una caminata de 3 horas hasta el otro extremo y se puede disfrutar de las vistas de los hermosos nevados que se elevan de una forma extraña y aparecen detrás del lago que a su vez parece un inmenso mar.


Isla del Sol

La noche anterior a la visita de la isla del Sol nos fuimos al mercado de Copacabana a comprar algunas provisiones para el viaje.  Una señora indígena que vendía frutas nos preguntó si éramos cubanos.  Ella estaba muy angustiada porque su hijito de 19 años se iba a ir con otros 50 compañeros del pueblo a estudiar medicina en Cuba.
Nos dijo que ella tenía miedo que fueran a matar a su hijo en aquel lejano país ya que la gente le había dicho que eso le iba a ocurrir a su hijo.  Nosotros le dijimos que a su hijo no le ocurriría nada malo si iba a estudiar a Cuba y que más bien debería estar muy contenta porque la educación en ese país era de muy buena calidad. 
Luego conocimos al muchacho que nos decía con mucha esperanza  y optimismo que su sueño era prepararse para regresar a ayudar a su gente.  Nos dijo que él era una persona pobre y que si no fuera por la beca que el gobierno le había conseguido a él no le sería posible estudiar.


Hombre tejiendo

Estos días estuvimos rodeados de muchos paisajes hermosos, encontramos toda una forma de vivir en esas alturas en donde la vida es difícil, gente linda y amable buscando formas para tener una vida más justa y digna.


Lago Titicaca con los Andes al fondo

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